«Necesitamos agua, agua para beber… Y ahorita también nos está faltando la comida porque se está terminando», dijo una habitante de Juchitán, Oaxaca.
Los reclamos, al igual que los escombros, se empiezan a amontonar en las calles de Juchitán, la zona más afectada por el terremoto que sacudió a México el jueves.
La gente en Juchitán no ha perdido la calma, pero no está del todo satisfecha con la respuesta oficial y se empieza a impacientar.
Muchos de los afectados siguen durmiendo a la intemperie cerca de lo poco que quedó de sus hogares.

“Nos da miedo que haya una réplica, pero ¿qué podemos hacer? ¿dónde nos vamos? No tenemos dónde ir, no queremos dejar nuestras casas, tenemos cosas que están enterradas”.
“Vamos a seguir en la calle a ver si vienen las autoridades a decirnos algo”, “nos hubiera gustado que hubiera una respuesta más rápida”.
Los habitantes de Juchitán hacen fila para dejar registro de los daños sufridos en sus hogares.
A pocos metros de allí cientos de personas se formaban hasta llegar a una mesa de plástico donde un hombre, cuaderno en mano, anotaba los daños que habían sufrido en sus hogares. En total, 7,000 viviendas se vieron afectadas.
“Muy lento todo, muy lenta la respuesta, no hemos visto ningún apoyo por parte del gobierno”, “No hay luz ni agua potable, y ya van dos días”, apunta su familiar. Temen retornar a sus casas que quedaron con grietas, pero aseguran que nadie se ocupa de ellas y temen que la ayuda que llegue a la zona no termine en manos de los afectados.

En Juchitán les preocupa que no toda la ayuda que llegue a la zona termine en manos de los afectados.
Las calles de esta ciudad de Oaxaca, estado donde 76 personas murieron – 95 en total en el país -, siguen dominadas por los escombros. Se registra algún saqueo de tiendas de persianas bajas abiertas a la fuerza, hay colas para comprar agua, no abundan los comercios abiertos y los que lo están venden a través de ventanilla para prevenir ser saqueados.
Ni los muertos esquivaron el temblor. Hay tumbas del panteón municipal que sufrieron daños. El principal hospital está acordonado, agrietado y vacío. Las camas de pacientes quedaron en un patio al sol.
Las toneladas de insumos que se han ido acumulando como donaciones en distintas partes del país todavía siguen lejos de Juchitán.
Los que se resisten a dejar sus casas pasan el día en la calle frente a sus hogares resguardándose del sol y rodeados de un puñado de pertenencias. Las noches son más tensas, con la incertidumbre de una nueva réplica – se han registrado más de 1000 en todo el país desde el terremoto – y el no saber hasta cuándo tendrán que sobrevivir de esa manera.

“Que no se tarden, no sabemos qué va a pasar, las réplicas siguen”, “necesitamos agua, agua para beber, el agua para el aseo la estamos consiguiendo. Y ahorita también nos está faltando la comida porque se está terminando”.
Las pocas velas que tenían se les están terminando, cocinan la cena antes de que caiga el sol porque luego se quedan a oscuras. De día se refugian en la sombra de los árboles del patio, de noche sacan los colchones a la calle.
“Gracias a Dios estamos vivos, pero necesitamos un poco de apoyo”.
El sábado también fue el día en que el terremoto se cobró una nueva víctima. El policía Juan Jiménez, de 36 años, apareció bajo una pila de escombros sobre la silla que ocupaba en el palacio municipal, donde trabajó la mitad de su vida. Un funeral más para una ciudad para la que todavía es pronto sacudirse el drama del temblor.
El presidente, Enrique Peña Nieto, prometió el viernes en Juchitán el restablecimiento de agua y alimentos y que la prioridad también era la atención médica a los habitantes.
La reconstrucción de miles de hogares, o la reubicación de miles de familias, no será tarea sencilla. El retorno a algo que se asemeje a la normalidad todavía está muy lejos en Juchitán.
















