En Opinión: «Y, chiton, porque te matan» por Sócrates Campos Lemus

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¡QUE CONSTE,…SON REFLEXIONES!

         La mayoría de las veces que regreso a la capital, me gusta recorrer las calles del Centro Histórico y voy muy temprano, cuando hay luz y miro asombrado los edificios de diferentes épocas y descubro muchos detalles que desde mi infancia, cuando vivíamos en República de Chile entre Perú y Belisario Domínguez, encontraba cada vez que “bobeaba”, me decía mi madre Clementina, porque me gustaba ver esos detalles, recorrí y jugué con alegría en la Plaza de Santo Domingo y de vez en cuando asistía a la doctrina en la iglesia, la mayoría de las veces me ganaban las ganas de vagar y de recorrer esas calles llenas de muchos de mis más gratos recuerdos.

         Ahí, en los portales de Santo Domingo, donde ahora siguen algunos hombres con máquinas de escribir, viejas y escandalosas tecleando cartas o peticiones de gente que les paga por ello y en aquellos años, existía un restaurant de chinos conde comí mis bísquets y aquel café con leche que me enamoró hasta la fecha y de vez en cuando, mi padre, nos llevaba a una tontería donde hacían unas extraordinarias tortas de lengua o de pierna con esos chiles chipotles que eran una delicia, en fin, por esas calles recorrí vendiendo chicles de cajita que me costaban cuatro pesos con cincuenta centavos en una tienda que vendía medio mayoreo y los vendía a tres por veinte centavos o poníamos nuestros puestos de calcetines y gritábamos a peso y dos pesos esos calcetines que nos daba a vender un padrino de mi hermano, en fin, recorrer todos los días desde República de Chile por las calles de Perú hasta llegar a la plaza del Carmen o del estudiante porque existía ahí además de la iglesia del Carmen la famosa casa del estudiante, y llegar a la escuela Primaria Abraham Castellanos y ser recibidos por nuestros maestros y el director, un viejo bien vestido con cara de pocos amigos pero de dulce proceder y salir a jugar al recreo y comprar con veinte centavos la cajita del desayuno escolar que traía un huevo duro, un dulce, un pan con paté, una naranja y combinarlos con las ricas tortas de huevo o de frijol con chorizo que nos hacían en casa, eran la delicia, en fin, esas calles siempre me impresionaron,  me siguen impresionando.

         Acompañábamos a mi madre al mercado de la Lagunilla, uno de los primeros proyectos de modernización de mercados y sin quitar el famoso mercado de chucherías y libros viejos donde los domingos se pasaban las horas en medio del asombro y del preguntar precios y para qué sirven o si sirven y de ahí, pasar hasta el barrio de Tepito, buscando las chácharas que normalmente me han gustado, me sorprendía el Chacharitas, mi amigo, que me enseñaba las piezas de arte que llegaban a su lugar y de cómo gente acomodada, decía él, aficionados a las antigüedades, dejaban sus horas hablando y revisando cada pieza que eran un encanto, hoy, me sorprendo, porque la violencia ha llegado a liquidar muchos de esos lugares y en su sitio en vez de puestos y cotorreos se ven las miradas asustadas de muchos comerciantes que esperan el que lleguen los policías o que lleguen los “cobra piso”, los que van armados y van cobrando por nada y por todo, porque se les hinchan y porque así es la onda y la agarras o te lleva el tren por no decir la chingada.

         Antes, veíamos a los teporochitos, los que andaban en las calles tomando refresco rojos con aguardiente y café con piquete o té de hojas de naranjo con piquete y de muy de vez en cuando veíamos a los marihuanos, como cosa rara y se sabía, porque de por ahí era doña Lola la Chata y los Barriles, que se vendían en algunos cuartos de vecindades de por Peña Peña y en el centro de Tepito, los piquetes o la tecata, hoy, la droga corre por todos lados descaradamente, va uno por las calles y se acercan y la ofrecen, te ven con descaro y precaución y se van juntando los batos para ver si te pueden asaltar en un descuido y los comerciantes, algunos que todavía conocemos, nos alertan sobre el tema y nos brindan protección, diciendo que: ya no la jodan, que también somos del barrio y todo queda en paz y nos sentamos con ellos a platicar y nos cuentan de que ahora operan los grupos de narcos y los prestamistas del GOTA A GOTA y nos dicen que ya ni son de acá, son de Colombia y que llegaron y se fueron infiltrando porque traían la droga y las armas y así fueron conociendo las costumbres y los lugares y a los cabrones y entrones y los fueron enviciando y dando dinero, ya sabes mi buen, con la lana ni el perro muerde, se vuelven mansitos y están idiotizados por la droga y ahora no solamente golpean, te pican o te matan de un balazo y bueno, lo peor es que hay muchos de ellos que hasta le hacen al político y dicen que tienen comprados ,y a lo mejor así es, porque no hacen nada los policías ni los tiras para aplacarlos, al contrario, cuando uno se queja lo denuncian y llegan los grupos de sicarios o te cazan con sus hombres armados y en motos, te van sacando de las vecindades que ahora son bodegas de fayuca china o coreana  ya que ellos les pagan por protección y no tienen tos, pero los que no, los del barrio van dejando sus casas porque los sacan con amenazas para rentar las bodegas a los chinos o tenerlas como centros de reunión o donde ponen a los que no han pagado para que paguen y de pronto, pues también hay entre ellos sus diferencias y se matan, ya vez, el barrio es otro y se pone a llorar mi cuate, mi amigo de siempre, pues sí, hay cambios, pero para acá todo sigue igual: muerte y llanto, mi buen, y chiton, porque te matan… 

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