En Opinión: «La política del avestruz» por Dolia Estévez

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Washington, D.C.—En México, Venezuela casi no es tema. De hecho, no parece haber nada internacional que interese demasiado. Quizá sea porque el gobierno de la 4T sigue la política del avestruz de negación de la realidad y de oídos sordos en aspectos clave de su política exterior. A riesgo de que esta columna encuentre pocos lectores, voy a abordar la problemática de Venezuela, el fantasma que persiguió a Marcelo Ebrard durante su segunda visita a esta capital la semana pasada.

Ebrard vino expresamente a hablar en la conferencia anual del Consejo de las Américas (SRE, Comunicado 07/05/2019), aunque terminó desahogando una agenda que abarcó encuentros con el yerno-asesor Jared Kushner y Kevin McCallister, titular de Seguridad Interna. “Para nosotros el tema frontera es tráfico de armas y eficacia aduanal. Para ellos migración”, me dijo Ebrard tras la reunión en la que discutieron migración, T-MEC, aranceles y lentitud en cruces fronterizos.

En el Consejo de las Américas de tres preguntas que le hicieron, dos fueron reclamos sobre Venezuela. Ebrard explicó por enésima vez la interpretación “a modo” de no intervención de la 4T anacrónica en un mundo globalizado. Ante los medios rechazó tajante la opción de intervención armada y defendió la posición mexicana de neutralidad y salida dialogada a través del Mecanismo de Montevideo. “México se opondría drástica y totalmente a una intervención militar en cualquier país de Latinoamérica fuera de Estados Unidos o de quien fuere. Sería un error estratégico…”.

Para Ebrard la antítesis de la intervención es una alternativa tipo Grupo Contadora que al margen de los intereses estadounidenses gestionó un proceso de paz en Centroamérica. “En los años ochenta, las líneas duras en Estados Unidos decían que había que aplastar a la guerrilla, acabarlos e invadirlos. ¿Y qué pasó? Qué eso no pudo triunfar, aun teniendo todos los recursos a su favor, y que al final terminó de ser un proceso de dialogo que llevó a que hoy en día esos países–El Salvador, Guatemala, Nicaragua–tengan una democracia”.

En discrepancia con el gobierno de Trump, advirtió que las sanciones (impuestas principalmente por Washington), la intervención militar o crear una crisis de suministros para ver si se fractura el régimen de Maduro, “no van a funcionar al final del día y están provocando un sufrimiento muy grande”.

Ebrard tiene la esperanza de que la diplomacia mexicana repita el glorioso papel que jugó en el conflicto centroamericano. Pero para John Feeley, diplomático con rango de embajador jubilado y ex jefe de Cancillería en la Embajada en México, es simplemente una manera de “evadir responsabilidades”. Explicó que en el pasado México sí podía sustentar una posición de neutralidad debido a la confrontación Este-Oeste y “porque Echevarría, de la Madrid, Gutiérrez Barrios y otros tlatoanis del PRI violaban los derechos humanos de los mexicanos sin que la ONU u otros interfirieran”.

Hoy no hay choque ideológico entre potencias y la protección a los derechos humanos es un logro importante, señaló el también consultor político de Univision. “Maduro ni es socialista ni tiene filosofía política. Es un narco dictador sin legitimidad, el gobierno de la 4T se ha quedado anclado en el pasado”, me dijo Feeley. “AMLO se aferra a una política de no intervención que pertenece a otro momento histórico y que la inmunda situación en Venezuela no justifica, pero que le conviene para que nadie lo ponga bajo la lupa”.

Otros expertos consultados coincidieron en que la formula que terminó las guerras proxy centroamericanas hace 40 años no es viable para la crisis venezolana—éxodo de 3 millones, hambruna y enfermedades—de hoy. Evocarla es no conocer la historia. En el caso del país sudamericano, no parece haber un propósito de negociar diferencias políticas o disposición a emprender un proceso de diálogo con una agenda claramente definida y con unas reglas del juego predeterminadas y acordadas formalmente. Juan Guaidó rechazó categóricamente cualquier diálogo con Maduro (The Washington Post 05/08/2019)

En el caso de Contadora, los cinco gobiernos centroamericanos aceptaron sentarse en la misma mesa en un lapso relativamente breve. En 1983 se inició un mecanismo político y diplomático de consultas y negociaciones, con propuestas específicas, que continuó, sin interrupción, hasta finales de 1988. El marco de referencia fue el Acta de Contadora para la Paz, la Seguridad y la Democracia en América Central. Los objetivos fundamentales de Contadora se cumplieron. No sólo eso. Hacia fines de la década de los ochenta, el gobierno Sandinista y la contra nicaragüense, patrocinada por la CIA, emprendieron negociaciones secretas para dar por terminado el conflicto bélico y convocar a elecciones generales en Nicaragua.

La agresividad de Trump contra Venezuela puede terminar siendo una llamarada de petate. Trump suele asumir posiciones maximalistas sin plan para ejecutarlas. Venezuela no es una amenaza a la seguridad nacional. Intervenir militarmente en nombre de la democracia y los derechos humanos no está en el ADN del individuo. Tras el reciente intento fallido por deponer al Presidente fraudulentamente reelegido, Trump recriminó a sus asesores por haberle hecho creer que sería fácil deshacerse de Maduro. “Resultó ser un hueso duro de roer”, dijo con un dejo de admiración.

En teoría, el impasse tiene el potencial de ampliar espacios. El Grupo de Contacto–la Unión Europea, Bolivia, Costa Rica, Ecuador y Uruguay—también promueve una salida pacífica y democrática que, a diferencia de México, contemple la celebración de nuevas elecciones. Es hora de que México deje de auto marginarse y use su prestigio en un empeño compatible con los tiempos que vivimos. La no intervención no coarta el legitimo derecho soberano de denunciar a un régimen autoritario que ha sumido a su población en una de las peores crisis humanitarias de la región.

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