
Wilfrido Hernández Cardozo
Oaxaca de Juárez, Oax. – Este jueves, decenas de camiones del servicio urbano aparecieron con pancartas colocadas en parabrisas y ventanas. En ellas se leen consignas como: “Respeto y transparencia en el proyecto del Citybus” y “Citybus para mejorar, no para destruir empleos”. La protesta, aparentemente pacífica, se da como respuesta a la inminente sustitución de más de 600 unidades del llamado “pulpo camionero” por el sistema de transporte articulado BinniBus, que comenzará a operar de manera formal a partir del 30 de agosto.
Sin embargo, más allá del discurso de defensa del empleo, esta manifestación parece ignorar una verdad incómoda: el sistema actual de transporte urbano en Oaxaca está colapsado, es ineficiente, obsoleto y, en muchos casos, peligrosamente precario.
Un servicio deficiente, costoso y peligroso
Durante años, la ciudadanía ha sido rehén de un sistema de transporte que más que servir, estorba. Unidades oxidadas, sin frenos, con asientos rotos y ventanas selladas con cinta, forman parte del paisaje cotidiano. Muchas veces se observa a usuarios de pie, amontonados, expuestos al calor, a la suciedad o incluso a la violencia verbal de los propios choferes.
Y no solo es una cuestión de estética o incomodidad: la falta de mantenimiento y la nula capacitación de muchos conductores han derivado en decenas de accidentes viales en los últimos años. Las fallas mecánicas y la imprudencia al volante se han convertido en una amenaza constante para peatones, ciclistas y automovilistas.
Agresiones, imprudencia y prepotencia al volante
La crisis del transporte urbano no se limita a la mecánica de sus unidades. En redes sociales y medios locales se han documentado múltiples episodios en los que choferes se enfrentan a golpes con automovilistas, motociclistas o incluso entre ellos mismos, en plena vía pública y a la vista de los pasajeros.
También se ha vuelto común ver videos de operadores usando el celular mientras conducen, ignorando señalamientos de tránsito, invadiendo ciclovías o deteniéndose en doble fila sin ninguna consideración por la seguridad de los usuarios. Lejos de ofrecer un servicio digno, muchos de estos operadores han convertido el transporte público en una experiencia de riesgo.
¿Modernización o desplazamiento injusto?
El Gobierno del Estado ha anunciado que este cambio busca transformar el sistema de movilidad con unidades modernas, accesibles y con rutas más ordenadas. La intención es clara: mejorar la eficiencia, reducir los accidentes y brindar a la ciudadanía un servicio digno. Pero la transición no ha estado exenta de críticas, sobre todo por la falta de claridad en cómo se compensará o integrará a los actuales concesionarios.
Los transportistas, por su parte, se escudan en el argumento del empleo y la “imposición gubernamental”, aunque poco han hecho durante décadas por mejorar su servicio o capacitar a sus operadores.
¿Y la ciudadanía? Rehenes de un sistema fallido
Mientras los urbaneros pelean por conservar privilegios, es la ciudadanía quien ha pagado las consecuencias de años de abandono y simulación. Quienes sí dependen de este servicio –los estudiantes, trabajadoras, adultos mayores, personas con discapacidad– han tenido que aguantar retrasos, maltratos y tarifas injustificadas.
La protesta de los choferes puede ser legítima en términos laborales, pero no puede desligarse del desastre que ha sido su gestión colectiva del transporte. Defender el derecho al trabajo no puede significar defender un sistema fallido.
Oaxaca necesita un transporte público moderno, seguro, eficiente y humano, no una prolongación del caos que han representado los camiones urbanos durante décadas. Si los transportistas quieren formar parte del nuevo sistema, deben empezar por asumir su responsabilidad en el deterioro actual y demostrar voluntad de cambio, no solo colocar cartulinas y bloquear avenidas.
Porque mientras los choferes pelean por conservar su lugar, la ciudadanía solo pide una cosa: llegar viva y con dignidad a su destino.
Actualmente, en Oaxaca circulan más unidades concesionadas e irregulares —entre taxis, taxis foráneos, mototaxis y camiones urbanos— que usuarios reales del servicio. El sistema está colapsado. Mientras los transportistas argumentan que necesitan aumentar las tarifas debido a la supuesta escasez de pasajeros, la realidad en las calles muestra todo lo contrario: un exceso de unidades compitiendo por pocos usuarios.










