Inicio Estatal Las encuestas hechas a modo, terminan confesando la verdad.

Las encuestas hechas a modo, terminan confesando la verdad.

El Oaxaca que todos queremos / Por Jorge Villacaña Jiménez

Ahora que vamos a empezar con la guerra de encuestas, los ciudadanos debemos aprender varias lecciones: Primero, la encuesta es de quien la paga. Segundo, en el mejor de los casos es una fotografía instantánea. Tercero, lo gratificante es que en la misma encuesta pagada por el partido del gobierno sobresale un dato que refleja el hartazgo social, siete de cada diez oaxaqueños manifiesta su deseo de cambiar este gobierno municipal, que con un disfraz u otro, ha hundido a nuestra ciudad durante casi nueve años.

Una encuesta reciente revela que el 72.9% de los habitantes de Oaxaca de Juárez quieren un cambio, lo increíble es que el grupo en el poder la presuma sin entender la pedrada, ellos representan justo el hartazgo ciudadano. El dato no los respalda, los exhibe; no se puede ser la opción de cambio cuando se es la causa del descontento.

Las encuestas merecen leerse completas. Hay que saber quién las pagó, cómo se hicieron y qué pregunta respondió la gente. Una casa encuestadora tiene el deber de medir la realidad, aunque al cliente no le guste el resultado. Y quien difunde sólo la gráfica donde aparece favorecido intenta convertir un estudio de opinión en propaganda.

Además, en la capital ya hubo una expresión de inconformidad que no salió de una entrevista telefónica. En la revocación de mandato de enero, 36 mil 838 personas del distrito electoral 13, votaron por retirarle la confianza al partido gobernante en turno. La revocación obtuvo 70.28% de los votos emitidos en ese distrito. El tamaño del rechazo en el corazón de la capital exige una respuesta de todo el grupo político que gobierna aquí.

Los aspirantes a la presidencia municipal del partido oficial tienen trayectorias distintas, pero pertenecen al espacio político que hoy tiene el poder y la responsabilidad de dar resultados. Pueden competir entre ellos, cambiar de fotografía y disputar quién encabeza una gráfica. Nada de eso borra la pregunta que la gente les está haciendo: si ustedes forman parte de este proyecto, ¿qué hicieron frente a lo que hoy dicen que debe cambiar?

Basta caminar por una colonia para entender por qué se hacen esa pregunta. La calle sin luz no se ilumina con anuncios. El bache no desaparece porque un aspirante se declare ganador. La preocupación de una madre cuando su hija vuelve a casa tampoco cabe en el margen de error de una encuesta.

Yo leo el 72.9% como una exigencia que nadie debería apropiarse. Y leo los votos de enero como una advertencia que el poder no puede prestarse a oídos sordos. Querer un cambio no equivale a darle un cheque en blanco a nadie. Mucho menos a quienes, teniendo influencia y responsabilidades en el gobierno actual, ahora quieren presentarse como si acabaran de llegar a la ciudad.

La gente recuerda quién está gobernando. Y está en todo su derecho de exigir algo más que los mismos nombres acompañados de una nueva encuesta. Si tantas personas desean un cambio, conviene preguntar qué significa esa palabra. Para mí, empieza por hablar con la verdad, rendir cuentas y atender lo que pasa en las colonias. La ciudad necesita respuestas que se puedan comprobar.

Una gráfica bonita puede acaparar una tarde de conversación; la confianza de la gente se gana de otra manera y esa no es la forma de obtenerla.