En Opinión: «Gabinete de ornato» por Martín Moreno

¡Comparte!


Nos toca observar y opinar sobre AMLO y su equipo, un equipo que, hoy por hoy, no existe. Es muy limitado. Gris. Foto: Gobierno de México.
  • Renuncia de Ebrard, primera alerta
  • AMLO, sin freno, desbocado

Hace algunos días, un ex Senador le dijo a la Secretaria de Gobernación, Olga Sánchez Cordero: “¿A qué vas a las conferencias mañaneras del Presidente? No tendrías que ir. Tú deberías estar en tu oficina, atendiendo los asuntos del país, concentrada en tu trabajo…”.

La respuesta de Sánchez Cordero fue:

Es qué si no veo al Presidente a esa hora, imposible verlo o comunicarse con él en otro momento del día…

La titular de Segob ocupa, como sabemos, una de las dos carteras más importantes del gabinete presidencial. La pinza la cierra el Secretario de Hacienda, Carlos Urzúa.

Los integrantes del gabinete de López Obrador solamente lo pueden ver algunos minutos durante sus homilías desde el púlpito mañanero. Después, imposible.

Pero lo más grave, es la falta de peso y personalidad del gabinete de AMLO. Su presencia vacua en las decisiones de Gobierno. Su imagen de mera figura decorativa en la 4ta Transformación.

De ahí, que el sobajado “Canciller” Marcelo Ebrard (Por la tarde, en un tuit personal y no en la cuenta oficial de la SRE, el jefe de prensa, Roberto Velasco, dijo que era “totalmente falsa la información de esta nota”) presentara su renuncia a Relaciones Exteriores el pasado 2 de abril, aunque López Obrador no se la aceptó. “Durante los primeros 100 días Ebrard comprobó que el sexenio de Obrador no está hecho para lucir en el exterior. La conclusión: un Presidente sin brillo internacional mantiene a su Secretario de Relaciones Exteriores como una pieza ornamental”, reveló Fausto Pretelin ayer en su columna de El Economista.

La dimisión no aceptada de Ebrard –que de Canciller tiene lo que el columnista tiene de americanista–, es un primer aviso de cómo la omnipresencia de AMLO en todas las decisiones de Gobierno –usurpando funciones, pasando por encima de la ley, desmintiendo a sus colaboradores, burlándose del poder legislativo como ocurrió con la lamentable imposición de los comisionados de la CRE, vulnerando la autonomía de organismos–, comienza a desestabilizar a su propio Gobierno y a generar un ambiente de zozobra y preocupación por los arrebatos y berrinches presidenciales.

Un Presidente desquiciado, pues.

Sin control ni contrapesos.

Ensoberbecido.


A Marcelo Ebrard se le ha soslayado. Ha estado de adorno en temas como la relación con Trump (apenas la semana pasado se atrevió a sacar la cabeza para decir que no le respondían al Presidente de EU por estrategia); en la atrabancada petición del Gobierno mexicano al español para que se pida perdón por la Conquista; en la relación con el régimen de Nicolás Maduro que exhibió a Marcelo como un novato cuando, en Uruguay, lo dejaron completamente solo apoyando al dictador venezolano. Ha sido un Canciller inexperto, solitario y disminuido por el propio Presidente.

Ebrard soslayado. ¿Y los demás?

Sánchez Cordero, en Gobernación, sin tomar decisiones propias y limitándose a intentar explicar lo que quiso decir el Presidente. Más que una Secretaria de Gobernación, Olga funge como vocera de un Gobierno cuya cabeza ignora a sus colaboradores, como si no existieran.

Urzúa, en Hacienda, recibiendo regaños públicos porque recorta la perspectiva de crecimiento para el país, como ocurrió la semana pasada en Palacio Nacional. El Subsecretario Arturo Herrera reprendido por AMLO por atreverse a decir que la construcción de la refinería de Dos Bocas sería reevaluada. Los hacendarios haciendo milagros para financiar los caprichos del Presidente.

Del resto de los miembros del gabinete presidencial, muy poco hay que decir.

Rocío Nahle, en Energía, ha sido una desgracia para la política energética nacional. Sin experiencia, ideologizando sus decisiones, laborando con un solo objetivo: satisfacer los deseos de su líder político, aun por encima de lo que más le conviene al país.

Graciela Márquez, en Economía, ha pasado de noche. Sin personalidad ni peso específico. ¿Dónde están los programas de apoyo a pequeñas y medianas empresas? ¿Dónde están los impulsos e incentivos a inversionistas? ¿Dónde está un programa integral de generación de empleos? ¿Dónde están los esquemas que impulsen a la productividad?

Irma Eréndira Sandoval, en la Función Pública, más preocupada por obedecer y justificar los arrebatos de AMLO en lugar de convertirse en lo que se prometió en campaña: un ariete eficaz en la lucha contra la corrupción. Allí está el ejemplo reciente: López Obrador usurpando funciones de la SFP al fulminar a cuatro empresas farmacéuticas, facultad que solamente tiene, por ley, la Secretaría. Pero como las leyes son letra muerta en la 4ta Transformación, preferible ser despreciado a ser despedido.

Y así podríamos seguir con el resto del gabinete, cuyo común denominador es: yo no pienso, yo no actúo, yo no decido, si para pensar, actuar y decidir por mí, está el Presidente de la República.


Los fanáticos de AMLO seguramente dirán: todos los presidentes han sometido a sus respectivos gabinetes. En algunos casos, es cierto, en otros, no. Un caso concreto fue Pedro Aspe en Hacienda, que se atrevía a contradecir a Salinas en reuniones privadas. Con Fox y Calderón hubo casos similares. Con Peña Nieto volvió el presidencialismo absolutista en el que prevalecía el sobado “lo que usted diga, señor Presidente”.

Empero, estamos en la actualidad y nos toca observar y opinar sobre AMLO y su equipo, un equipo que, hoy por hoy, no existe. Es muy limitado. Gris. Hay casos como los de Nahle o Sandoval cuyos cerebros y voluntades funcionan a control remoto desde Palacio Nacional.

Por eso, la frase es cada vez más escuchada en Palacio Nacional:

¿Qué hora es? La que tú digas, Andrés.

TW @_martinmoreno

DFB / Martin Moreno

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here