En Opinión: “No hay bonito sin pero, ni feo sin gracia” por Sócrates Campos Lemus

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¡QUE CONSTE,…SON REFLEXIONES!

La abuela Rosalía, la madre de mi papá Homero, era un señora que no paraba de trabajar, al levantarse, de inmediato asistía a pájaros y uno la escuchaba, habla con ellos porque cada uno tenía su nombre, los gorriones, las calandrias, los petirojos, el cenzontle que era su preferido, les ponía a cada uno con mucho amor su comidita y les cambiaba el agua y ellos, como que respondían a sus atenciones y le brindaban sus cantos. Corría a la huerta donde estaba el pozo y sacaba agua fresca, fría, limpia y se ponía al molino de nixtamal y prendía el fogón y colocaba su olla de café y su comal donde torteaba unas ricas y bonitas tortillas, cuando mi padre estaba ahí, era como una correr y venir para llevarle las gordas y freír un chorizo que ella misma hacía y que era demandado por muchos en el pueblo de Tianguistengo, Hidalgo, traía el pan de “fruta de horno” que fabricaba en especial mi tío Juan y sin duda, al llegar mi padre, ese día se cocinaba una gallina criolla con un caldo de frutas y verduras que se llamaba caldo loco del cual mi padre era tan afecto, le llevaba, no sé de donde las sacaba, sus hojarascas, que son unas tortillas de varios maíces y varias grasas incluyendo la manteca de cerdo que son una delicia y se hacen en el metate, son delicadas y sabrosísimas al paladar,  o la carne seca huasteca o el queso seco o la hueva de pescado al que era tan afecto mi padre y nos legó como gusto por la vida, los frijoles de olla, negros, con hojas de aguacate, los tamales de Zala que era con mole de pepita verde y una hoja que se cultivaba en el pozo, aromática, que le brinda el sabor tan especial a esos ricos tamales o las gorditas de alverjón, con queso seco y con caldo de jitomate criollo con mucho picante y ella, siempre, por alguna razón que me comentaba y recordaba mi hermano Ariel decía: “NO HAY BONITO SIN PERO, NI HAY FEO SIN GRACIA”

        Y bueno, cada Semana Santa asistíamos a Tianguistengo y a Zacualtipán, de donde era mi madre Clementina y ahí, caíamos en la casa de mi tío Jorge, un maestro de grandes ojos verdes que los domingos también ponía su puesto de navajas, espejitos, pañuelos, peines, candados, paliacates de colores, y otras cosas más y, en su casa, todo orden, hasta las ollas para que cayera el agua de lluvia y los pisos relucientes de congo amarillo y sus plantas y arbustos de la entrada y sus árboles de pera y de manzana y ahí, mi tía Enriqueta nos recibía y nos daba de entrada unos ricos tacos de tortilla recién hecha con queso fresco y café o chocolate y veíamos la procesión del silencio que pasaba enfrente de esa casa, con solemnidad, callados todos y las señoras copetonas vestidas de luto y con grandes mantillas copiando a las gachupinas de Pachuca, en cambio en Tianguistengo ,la cosa era un poco más alegre se pasaban los diablos y algo que escribió mi hija Tania en uno de sus libros sobre el carnaval de la zona, incluyendo una parte donde mi padre daba clases, el pueblo de Santa Mónica, donde elaboran las máscaras de diablo del palo de pemuchil, el que da los colorines y la flor comestible que es una delicia, en fin, ahí recorríamos y corríamos muchas horas de nuestra niñez y de la juventud, dejábamos las frías y contaminadas calles del centro de la capital para ir a ver la traición y el juicio y la crucifixión de Jesucristo y, los adultos, querían callarnos, cuando para nosotros estar en esas zonas era como recuperar la libertad y las distancias y los olores y sabores y correr a alquilar las bicicletas y recorrer los caminos hasta las pozas para nadar o ir a robar las frutas de temporada en los huertos cercanos o, simplemente, subirnos a los árboles y soñar, eran tiempos de los sueños y de los besos y las novias que no le hacían caso a uno y de los bailes y los olores y esa libertad en el buen aire que nos daba como una nueva vida y no nos deja partir sin tener el recuerdo de esos tiempo y, ahora, desde Oaxaca, lo mismo, sin la juventud, pero con los mismos sueños…los olores y la vida, jugando ante la vida y la muerte…

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